Hace 40 años justos el famoso trío británico Cream compuso una canción llamada “Born Under a Bad Sign”, y de esta manera nació y murió la tarde, bajo un mal signo. Nadie apostó por la corrida, ni los toreros ni la gente, que con la vista puesta en el cartel de mañana cedió sus abonos a familiares y amigos. Tarde de sopor, de toros vacíos y de toreros desganados. Entre tanta mediocridad, sólo Iván Vicente sacó algo positivo. Y es que de vez en cuando querer torear no viene mal. Gallo y Jiménez no lo debieron comprender.
Iván Vicente le puso ganas. Y se encontró con un público de semi-clavel que no ha entendido la importancia de dos faenas aguerridas y luchadas pero poco artísticas. Nada que reprocharle al madrileño. Al primero, un toro bronco y peligroso, le supo dominar y sacar algunos buenos derechazos. Si la faena no fue a más, se debió a que el de Santiago Domecq se negó en rotundo.
Con el cuarto pasó algo parecido. El sobrero de Navalrosal, que reemplazó a un animal flojísimo, dio muchas complicaciones, quedándose corto y punteando todo cuanto pudo. Muy templado, Vicente se sacó al toro más allá del tercio doblándose y sometiéndole. Allí, dejo dos buenas tandas de derechazos nada fáciles de conseguir, pero la gente no le vio el mérito. Y desde entonces poco, pues el de Navalrosal se vino abajo y con él, las pocas opciones de triunfo del torero. Al final el buen espadazo tuvo mayor valor para la gente que dos faenas sudadas y luchadas. Ovación con saludos.
Algo más debo contar para rellenar espacio. Se intentará. Lo único salvable de la actuación de Eduardo Gallo fueron unas buenas verónicas de recibo y dos naturales a su primero, un toro, noble aunque soso que se fue con bastante más de lo que se quedó el salmantino, sobre todo por el pitón izquierdo. Con el sexto, menos aún. Y menos de uno es cero.
Y menos de cero es… César Jiménez en la tarde de hoy. Dos comparecencias, dos petardos, como su compañero. Se está jugando su carrera. No es mal torero, pero día tras día parece más empeñado en mostrar su desgana que su interesante concepto. Lidió primero un sobrero de Guadalest que hizo despertar esperanzas por su buen inicio, pero que en muleta se apagó. Sin toro y sin torero la gente se durmió. Un cuadro de plaza. Faena innecesariamente alargada.
Ídem en el quinto. El de Santiago Domecq tenía un aceptable pitón izquierdo por el que César dejó más naturales que a muchos toros indultados. El problema es que no hubo más de dos que fueran buenos. Un aburrimiento y encima largo. Para rematar del todo, una estocada que hizo guardia. Si la gente hubiese estado despierta la pitada hubiera sido seria, pero a esas alturas de tarde ya no había ganas ni de pitar.
Mal futuro para los dos últimos coletas. O aprietan o se les pasa el tren, el arroz y el crédito que aún tienen –a medias- por habérselo ganado hace tiempo. Claro, que el tiempo pasa, y de un buen año no vive nadie, o al menos nadie del mundo del toro.
Cuatro toros de Salvador Domecq, un sobrero de Guadalest (2º bis) y otro de Navalrosal (4º bis), correctamente presentados, flojos, deslucidos y descastados salvo el 1º, peligroso y con genio y 3º, noble aunque desrazado.
Iván Vicente, división tras aviso al saludar y ovación con saludos.
César Jiménez, silencio y silencio tras aviso.
Eduardo Gallo, silencio tras aviso y silencio.